La niña del lazo rojo suspiraba embelesada mirando desde lo alto del murillo al chico de ojos azules. Soñaba con besos, caricias, sonrisas al oído. Dormía pensando en él, despertaba pensando en él.
Le observaba en el patio, jugando con su pelo, con mirada traviesa y enamorada. Su lazo rojo contrastaba con su pelo negro, y sus ojos grises sólo estaban llenos de ternura. Sus manos diminutas se perdían entre algunos mechones; y su boca, jugosa, no podía más que sonreír.
Se propuso hace ya tiempo, dormir con el chico de sus sueños.
Y hoy, justo ese día, podría por fin cumplir aquella promesa.
Le vio entrar por una de las puertas del lateral del edificio. Entró detrás de él, en una sala vacía. Sigilosamente, fue acercándose al espacio que guardaba la más remota de las puertas, abierta para ella.
Escalón a escalón, fue adentrándose en una estancia que la recibió con una iluminación de ensueño poblada de mil velas.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
domingo, 7 de noviembre de 2010
martes, 2 de noviembre de 2010
Se caía por un precipicio. Pero no de esos que no tenían fin. Mas bien de aquellos precipicios construidos antaño, de los que aceleran más y más tu ruptura con el aire, y te acercan las afiladas puntas del suelo que espera ahí abajo.
Sabía que en nada llegaría allí; y ya no tenía tiempo de acordarse de toda su vida, ni siquiera de los pocos seres queridos que miraban desde el borde como se precipitaba hacia la pequeña muerte de sus sentidos. Ya no cabía nada más en ella, ya no había marcha atrás.
Ya sólo podía dejarse arrastrar.
Como si de una multitud se tratase, que te empuja, te lleva, cumple con su marea y te ata y atosiga sin apenas dejarte respirar ni para gritar auxilio.
Porque al fin y al cabo, en situaciones como aquella, lo mejor es dejarse....Y volver a vivir.
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